Cómo una infancia sensible dio forma a mi manera de comprender el trauma

Antes de estudiar psicología, ya estaba aprendiendo a escuchar lo invisible

infancia sensible conexión con la naturaleza y desarrollo emocional

Algunas niñas no solo sienten más. También observan, perciben y registran matices que pasan desapercibidos para los demás.

Crecen con una infancia sensible, emocionalmente intensa, en la que el mundo no es solo lo que ocurre en la superficie, sino también todo aquello que se intuye, se respira o se percibe en silencio. Una mirada que, con el tiempo, puede convertirse en una forma muy particular de comprender la experiencia humana… y también el trauma.

Cuando recorro el paisaje —a veces áspero, a veces fértil— de mi camino para convertirme en psicoterapeuta integrativa profunda, hay algo que hoy tengo claro: mi trabajo no nació de una elección racional, sino de una vocación temprana, corporal y silenciosa

Mucho antes de conocer palabras como trauma relacional, regulación emocional o neurodivergencia, ya estaba desarrollando una sensibilidad temprana hacia lo invisible: hacia lo que no se dice, pero se siente; hacia lo que no se explica, pero se encarna. Era más bien un murmullo persistente que emergía del cruce entre mi temperamento innato y las experiencias que fueron moldeando mi desarrollo. 

Este artículo es el inicio de una serie en la que exploro cómo esa infancia sensible dio forma a mi manera de comprender el trauma, y cómo ese recorrido personal terminó convirtiéndose en la base de mi trabajo clínico.

Sensibilidad temprana y percepción profunda

La niña que aprendió a mirar lo invisible

Durante mis primeros años, se me podía describir como una niña intensa, curiosa y profundamente introspectiva. Mientras otros niños habitaban el juego sin demasiadas preguntas, yo tendía a moverme en los márgenes, observando.

Crecí en una época en la que los niños pasaban largas horas en la calle, organizándose en grupos según sus intereses. Pero yo no terminaba de encajar en ninguno. Era una niña gordita, torpe para los juegos físicos, y rara vez me elegían cuando se trataba de correr, saltar o competir. En el colegio tampoco encontraba fácilmente mi lugar. Muchas veces jugaba sola.

Irme hacia los campos no era una decisión consciente de escapar, pero tampoco era solo curiosidad. Era más bien una forma de estar donde sí podía existir sin tener que forzarme a ser otra cosa. Había algo en esa soledad que se sentía como un gran alivio.

Pasaba largos ratos sola en los campos de cultivo a las afueras del barrio, atravesando senderos de tierra y laberintos verdes salpicados de luz. Me detenía ante pequeños detalles que parecían insignificantes para cualquiera que pasara deprisa: el movimiento casi imperceptible de un insecto, el sonido irregular de las hojas al rozarse, la quietud densa de ciertos rincones donde parecía que algo estaba ocurriendo, aunque no pudiera nombrarlo.

Podía pasar horas completamente absorta, como si el tiempo se detuviera mientras observaba. Había una especie de atracción difícil de explicar hacia los detalles, hacia lo que parecía no tener importancia para los demás.

Recuerdo especialmente las pieles translúcidas que los saltamontes dejaban atrás tras mudar. Las recogía con cuidado, casi con reverencia, preguntándome si aún quedaba algo de ellos en aquel caparazón vacío. Había en ese gesto una mezcla de fascinación y pregunta: una intuición temprana de que lo visible no agotaba la realidad.

A veces también me escondía debajo de la cama o dentro de los armarios. No sé si para desaparecer del mundo o para comprobar si alguien notaba mi ausencia. Era una mezcla confusa entre retirarme y desear ser encontrada.

No lo vivía como fantasía. Era una forma de atención sostenida, una manera de estar en el mundo en la que todo parecía tener una dimensión interna, un significado que no siempre era evidente, pero que se dejaba sentir.

Aprendiendo a orientarme en medio del caos

Mi infancia no transcurrió en un entorno frío ni falto de amor, pero tampoco en un lugar emocionalmente tranquilo.

En casa había afecto, vínculo y momentos compartidos que recuerdo con ternura. Pero junto a eso convivía otra realidad más difícil de sostener siendo niña: una atmósfera de tensión, discusiones, ansiedad y una inquietud de fondo que yo percibía sin poder comprender del todo.

Recuerdo especialmente la ansiedad de mi madre, los cambios en el ambiente, la sensación de que algo podía alterarse en cualquier momento. Había movimiento, intensidad, ruido emocional. Y yo, sin tener palabras para nombrarlo, intentaba orientarme dentro de todo aquello.

Quería entender qué estaba pasando. Quería saber cómo ayudar, qué hacía falta, cómo hacer para que las cosas estuvieran mejor. Pero no había respuestas claras, y mucho menos una explicación que una niña pudiera ordenar dentro de sí.

Así fui desarrollando una atención cada vez más afinada hacia lo que ocurría a mi alrededor. No solo por curiosidad, sino también por necesidad. Miraba, escuchaba, registraba matices, cambios de tono, silencios, gestos. Trataba de anticipar.

Con el tiempo he entendido que crecer en un entorno así no solo agudiza la percepción. También deja a la criatura demasiado sola con lo que siente, obligándola a organizar internamente experiencias para las que todavía no tiene recursos ni acompañamiento suficiente.

Psicoterapia Integrativa Profunda: integración personal

La naturaleza como primer espacio de regulación emocional

En ese contexto, los momentos en la naturaleza no eran solo agradables. Eran una necesidad.

No era simplemente que me gustara estar allí. Era que algo en mí encontraba, por fin, un lugar donde poder bajar, donde dejar de estar en alerta sin tener que entender por qué.

Cuando me alejaba hacia los campos o pasaba horas en el huerto durante los veranos en el pueblo, todo se volvía más simple. No había nada que anticipar, nada que sostener, nada que descifrar.

Podía, por fin, soltar.

Recuerdo con mucha nitidez la sensación en el cuerpo: una especie de expansión en el pecho, la respiración más amplia, más profunda, y esa tensión difusa que me acompañaba —sin que yo supiera ponerle nombre— aflojándose poco a poco.

Estar descalza sobre la tierra, en contacto directo con el barro, con las texturas, con la humedad del suelo… no era solo un juego. Era una forma de volver a algo esencial, a un ritmo que no exigía nada de mí.

Pasaba horas allí, completamente absorta.

Recogía hierbas, hojas, flores, frutas. Limones, nísperos, melocotones, naranjas… lo mezclaba todo con la pulpa, con agua, con barro. Hacía pócimas, remedios, brebajes que en mi imaginación tenían propiedades especiales: curaban, protegían, daban fuerza, otorgaban algo parecido a poderes invisibles.

No tenía referencias para eso. Nadie me había enseñado nada parecido. No sabía nada de brujas ni de curanderas. Y, sin embargo, aquello salía de forma completamente natural, como si respondiera a una lógica interna que yo no cuestionaba.

Era un juego, sí. Pero también era algo más.

Una forma de relacionarme con lo vivo. De experimentar. De sentir que había algo en el mundo —y en mí— que podía transformar, sostener, cuidar.

Los olores también formaban parte de ese universo.

El azahar de los naranjos.
El aroma de los olivos en flor.
El jazmín.
La dama de noche trepando por las fachadas de las casas vecinas.

Eran experiencias profundamente sensoriales, casi envolventes. Recuerdo esos aromas como algo que no solo se percibía, sino que se habitaba. Como si el cuerpo entero participara en esa experiencia.

A veces también jugaba a crear mezclas con flores, plantas y barro, pequeños ungüentos que preparaba con una concentración absoluta, como si en ese gesto hubiera algo importante ocurriendo.

No había prisa. No había interrupciones. No había juicio.

Allí no tenía que explicarme, ni responder, ni adaptarme a nada.

Podía simplemente estar.

Moverme despacio. Observar. Detenerme sin que eso fuera un problema. Permanecer en silencio sin que ese silencio resultara incómodo.

Y en ese ritmo, algo dentro de mí se ordenaba.

Sin palabras. Sin teoría. Sin que nadie tuviera que enseñármelo.

Allí, mi forma de percibir no era excesiva. No había que reducirla, ni esconderla, ni justificarla.

Allí, todo lo que sentía tenía espacio.

Y aunque entonces no podía entenderlo, ese fue uno de los pocos lugares donde mi sistema encontraba una forma de descanso real.

Cuando la sensibilidad no encuentra sostén

En ese contexto, fui aprendiendo algo sin que nadie tuviera que explicármelo, algo que no venía en palabras ni en normas claras, pero que se iba quedando en el cuerpo y en la forma de estar.

Había maneras de ser que encajaban mejor que otras, formas de expresarse que encontraban cierto lugar… y otras que, sin necesidad de ser rechazadas abiertamente, generaban desconcierto, incomodidad o una especie de distancia difícil de nombrar.

Mi manera de mirar, de preguntar, de interesarme por aquello que no era evidente, no siempre encontraba un espacio donde poder desplegarse con naturalidad. Recuerdo bien ese desconcierto, ese ligero desajuste que se producía cuando iba un poco más allá de lo esperado, cuando mis preguntas no encajaban del todo en lo que se suponía que una niña debía preguntar.

“¿Por qué preguntas tantas tonterías?”
“¿Pero tú de dónde has salido?”
“¿No puedes ser como los demás niños?”

No dejé de hacerme preguntas, ni de percibir lo que percibía, ni de sentir con la intensidad con la que sentía. Pero sí empecé, muy poco a poco, a aprender algo más sutil: a regular la forma en la que eso aparecía hacia fuera.

 

A elegir, sin ser del todo consciente, qué partes mostrar y cuáles no, cuándo insistir y cuándo retirarme, en qué espacios podía ser más yo y en cuáles era mejor pasar más desapercibida.

No fue una decisión clara ni un momento concreto. Fue un ajuste progresivo, casi imperceptible, que se fue instalando como una forma de relación con el entorno.

Había momentos en los que algo en mí se rebelaba con fuerza, una intensidad que no estaba dispuesta a desaparecer del todo, pero esa misma intensidad tampoco encontraba acogida. Y después de cada intento venía, casi inevitablemente, la retirada.

Con el tiempo, esa retirada se fue volviendo más habitual, más automática.

Observar dejó de ser únicamente una forma de curiosidad hacia el mundo, una apertura natural hacia lo que me rodeaba, y empezó también a convertirse en una manera de orientarme dentro de él, de leer lo que no se decía, de anticipar lo que podía venir, de ajustar mi presencia en función de lo que percibía.

Recuerdo con especial claridad un episodio en el colegio que, aunque pueda parecer pequeño desde fuera, tuvo un peso importante en ese aprendizaje. La obligación de llevar bata en clase me resultaba completamente ajena, incómoda, sin sentido. Un día decidí quitármela, no como un acto de desafío, sino desde esa misma coherencia interna que me llevaba a cuestionar lo que no entendía.

Pero aquel gesto tuvo consecuencias.

No recuerdo todos los detalles, pero sí recuerdo lo esencial: a partir de entonces dejé de hacerlo. No porque lo hubiera comprendido, sino porque algo en mí empezó a registrar que había un límite, que sostener ciertas formas de ser tenía un coste.

Y así, sin darme cuenta, algo empezó a desplazarse dentro de mí.

La atención, que antes era apertura, comenzó a tensarse de forma casi imperceptible; la sensibilidad, que antes fluía con naturalidad, empezó a contenerse; y la adaptación fue ocupando, poco a poco, un lugar cada vez más central en mi manera de estar.

No dejé de ser quien era, pero sí empecé a aprender a no mostrarlo del todo.

Lo que una infancia sensible me enseñó sobre el trauma

Con el tiempo he podido comprender que aquella forma de estar en el mundo no era el problema.

La alta sensibilidad en la infancia, no necesita ser corregida. Pero sí necesita algo que no siempre está presente: un entorno capaz de reconocerla, sostenerla y ayudar a organizar la experiencia que genera.

Cuando eso no ocurre, lo que inicialmente es una forma profunda de conexión puede transformarse en otra cosa.

En confusión.
En sobrecarga.
En una atención constante hacia el exterior que deja poco espacio para el propio mundo interno.

Hoy entiendo que muchas de las personas que llegan a consulta con una historia de infancia sensible no vienen solo por lo que vivieron, sino también por lo que faltó.

Faltó alguien que ayudara a poner palabras.
Faltó regulación compartida.
Faltó una presencia que pudiera acompañar sin invadir ni desbordarse.

Y es ahí donde, muchas veces, empieza a tomar forma lo que más adelante llamamos trauma relacional.

Si algo de esto también es parte de tu historia

Quizá, al leer esto, algo de tu propia historia también se haya activado.

Tal vez tú también fuiste una niña que percibía más de lo que podía explicar.
Que sentía con intensidad en entornos que no siempre sabían cómo sostenerlo.
Que aprendió a adaptarse antes que a comprenderse.

Si es así, es importante decir algo que muchas veces no se dijo entonces:

no había nada defectuoso en tu forma de sentir.

La dificultad no estaba en tu sensibilidad, sino en la falta de un contexto que pudiera acompañarla y darle sentido.

Entender esto no cambia lo que ocurrió, pero sí puede empezar a cambiar la forma en que te relacionas hoy contigo misma.

Y ese, muchas veces, es el primer paso.

Continuará…

Pero comprender esto es solo una parte del camino.

Porque cuando una infancia sensible crece en un entorno que no sabe sostenerla, no solo aprende a percibir más… también aprende a adaptarse, a contenerse y, en muchos casos, a desconectarse de sí misma para poder seguir adelante.

Eso fue lo que empezó a ocurrir en mi historia.

En la siguiente parte profundizaré en cómo esa adaptación temprana fue tomando forma durante la adolescencia, y cómo el intento de encajar terminó configurando mi relación conmigo misma, con el cuerpo y con los demás.

Si algo de lo que has leído hasta aquí resuena con tu historia, quizá también pueda acompañar a otras personas que han vivido algo parecido. Si es el caso, puedes compartirlo aquí:

Maribel Ariza © 2022-2026. All Rights Reserved

Soy Maribel Ariza, psicóloga especializada en trauma complejo y neurodivergencia en mujeres.

Acompaño a mujeres que llevan años sosteniendo demasiado —pensando, adaptándose, exigiéndose— a comprender cómo funciona realmente su sistema nervioso y a construir una forma más amable de estar consigo mismas.

Mi enfoque es integrativo, profundo y respetuoso con los ritmos del cuerpo. No se trata de encajar en métodos estándar, sino de encontrar una forma de acompañamiento que tenga sentido para ti.

Si algo de lo que has leído aquí ha resonado contigo, puedes escribirme. Estaré encantada de leerte.

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