Adolescencia, identidad y trauma: cuando intentar encajar se convierte en una forma de perderte
Intentar encajar en la adolescencia puede convertirse en una forma silenciosa de desconexión, especialmente cuando vienes de una infancia sensible que nunca encontró del todo su lugar.
Ansiedad en la adolescencia y el miedo a no encajar
Intentar encajar en la adolescencia no siempre es una elección consciente. A veces es una necesidad profunda que emerge casi sin darte cuenta, especialmente cuando vienes de una infancia en la que ya aprendiste, de formas sutiles, que ser tú misma no siempre tenía un lugar claro.
En la primera parte de esta serie exploré cómo una infancia sensible puede moldear la forma en la que percibimos el mundo, a los otros y a nosotras mismas. Cómo esa sensibilidad, cuando no encuentra sostén suficiente, empieza poco a poco a adaptarse, a observar, a anticipar… a ajustarse.
Pero hay un momento en el desarrollo en el que esa adaptación cambia de naturaleza.
La adolescencia no es solo una etapa de crecimiento o transición. Para muchas personas, es el primer escenario real donde aparece con fuerza la necesidad de pertenecer. De ser vistas. De formar parte de algo que dé sentido y lugar a lo que una es.
Y cuando esa necesidad se encuentra con una historia previa de desajuste, de intensidad emocional o de falta de sostén relacional, intentar encajar en la adolescencia puede convertirse en algo mucho más profundo que un simple proceso social.
Puede convertirse en una forma de sobrevivir.
En este artículo quiero adentrarme en ese momento concreto de mi historia: cuando empecé a hacer todo lo necesario para pertenecer… y en ese proceso, sin darme cuenta, comencé también a perderme.
La niña que no entendía los juegos y sentía de más
En aquellos años, mi forma de estar en el mundo no terminaba de encajar con lo que se esperaba de una niña de mi edad, aunque entonces no hubiera palabras para nombrarlo.
Mientras otros niños se organizaban con facilidad en juegos colectivos, con reglas que parecían asumirse sin cuestionamiento, a mí muchas de esas dinámicas me resultaban difíciles de comprender desde dentro. No porque no pudiera seguirlas, sino porque no terminaban de tener sentido para mí. Había algo en esa forma de relacionarse —basada en la competencia, en la rapidez, en códigos implícitos que nadie explicaba— que me dejaba más como observadora que como participante.
Recuerdo pasar largos ratos mirando, tratando de entender qué estaba ocurriendo realmente ahí, qué movía a los demás, qué hacía que algo funcionara o no dentro del grupo. Y, sin darme cuenta, ese observar se fue convirtiendo en una forma de estar .
Mientras tanto, mi mundo interno estaba lleno de actividad.
Leía, imaginaba, construía historias, me hacía preguntas que no siempre encontraban un lugar donde ser acogidas. Había una intensidad constante, una especie de movimiento interno que no se veía desde fuera y que, sin embargo, ocupaba casi todo mi espacio.
También estaba esa tendencia a hacerlo todo bien. No desde la necesidad de ser la mejor —eso, en cierto modo, ya lo daba por hecho— sino desde algo más profundo, más silencioso, una especie de impulso hacia la precisión, hacia la excelencia, hacia hacer las cosas como sentía que debían hacerse.
Recuerdo una escena con especial claridad.
En clase de dibujo y plástica, mi hermana y yo —aunque íbamos a cursos distintos— teníamos la misma profesora. Aquella semana nos había mandado terminar en casa un dibujo que habíamos empezado en clase, utilizando una técnica de punteo con rotuladores.
El viernes por la tarde me senté a hacerlo.
Mientras mis hermanos se iban al parque a jugar, yo me quedé en casa, concentrada en ese dibujo, colocando punto a punto con una dedicación casi absorbente. Recuerdo la sensación de estar completamente dentro de lo que estaba haciendo, de cuidar cada detalle, de acercar los puntos unos a otros hasta que el dibujo empezaba a adquirir una densidad, una coherencia que para mí tenía sentido.
No era una obligación. Era una forma de estar en mi elemento, y la disfrutaba enormemente.
A la mañana siguiente, mi hermana hizo el suyo en unos minutos. Sus puntos estaban más separados, había zonas en blanco, el resultado era completamente distinto. Cuando vio el mío, terminado desde el día anterior, reaccionó con rabia y lo rompió.
No fue un hecho aislado. Escenas como esa eran relativamente frecuentes, pequeñas situaciones cotidianas que, para mí, tenían un impacto mucho mayor del que parecía desde fuera.
Recuerdo con mucha claridad la sensación de injusticia.
La rabia.
La frustración de sentir que algo importante había sido vulnerado sin que nadie pareciera verlo de la misma manera. Mi reacción, cuando aparecía, era intensa. Había en mí una fuerza que no sabía modular, un “no” muy claro frente a lo que vivía como injusto.
Pero esa intensidad no encontraba un lugar donde ser comprendida.
Mi hermana, más pequeña y mucho más hábil en lo relacional, solía quedar en una posición diferente en esas dinámicas. Y cuando yo reaccionaba, cuando aparecía ese “dragón” que llevaba dentro, la escena se leía desde fuera de otra manera.
Yo era la que se había enfadado, la que había reaccionado mal, la que tenía que aprender a controlarse.
Recuerdo esperar a que mi madre llegara del trabajo con la esperanza de que, al contarle lo ocurrido, pudiera ver lo que yo había visto, entender la injusticia, poner orden en esa situación. Pero muchas veces la respuesta era otra: un “sois las dos iguales”, seguido de algún castigo compartido que, lejos de resolver nada, aumentaba aún más mi sensación de incomprensión.
Y poco a poco, sin que nadie lo nombrara, se fue instalando algo difícil de sostener: la sensación de que lo que yo percibía no era del todo válido. De que mi forma de vivir las cosas era excesiva. De que, de algún modo, el problema estaba en mí.
Desde fuera, yo era una niña que se movía poco, que se cansaba con facilidad, que no destacaba en lo físico y que, en ocasiones, podía parecer vaga o poco interesada en lo que ocurría a su alrededor.
Pero nadie veía —o al menos no se nombraba— la intensidad con la que estaba viviendo por dentro, la cantidad de energía que invertía en comprender, en sostener, en adaptarme a un entorno que, para mí, resultaba muchas veces confuso, exigente y profundamente hostil.
Mi cuerpo gritó lo que yo aún no sabía
Mi madre no parecía darse cuenta de mi cansancio. Supongo que, en el contexto de todo lo que había que sostener en casa, aquello pasaba desapercibido o encontraba explicaciones más simples. Fue mi padre quien lo vio.
Recuerdo un domingo en la cocina. Mi madre estaba haciendo arroz y él me observaba con una atención distinta, más detenida, como si algo no terminara de encajarle. En un momento dado se acercó a mí, apoyó suavemente sus dedos en mi mejilla, justo debajo de los ojos, y me dijo: “mira para el techo”.
Lo hice.
“Esta niña tiene los ojos amarillos. Esto no es normal.”
Y no lo era.
Las pruebas médicas no tardaron en confirmarlo. Hepatitis B. “La mala”, como se decía entonces. Nadie supo explicar cómo una niña de mi edad podía haber contraído algo así sin un contacto claro de contagio. Las respuestas eran vagas, imprecisas, como suele ocurrir cuando no hay una explicación evidente: algún virus, algo que había pasado, sin más.
Era 1984. Todavía no había cumplido los ocho años.
Y aquello, de alguna manera, partió la vida en dos.
A partir de ese momento, todo se detuvo.
Durante más de tres meses tuve que quedarme en casa en reposo absoluto. No era solo no ir al colegio o salir menos. Era parar por completo. El cuerpo no podía hacer prácticamente nada, y el contacto con otras personas estaba muy limitado por el riesgo de contagio. La vida, tal y como la conocía, quedó suspendida de un día para otro.
Recuerdo el silencio.
El tiempo estirándose de una forma extraña, los días haciéndose largos, repetitivos, sin apenas cambios. Desde dentro de casa, la vida seguía ocurriendo fuera: los niños jugando, las voces, el movimiento… todo llegaba amortiguado, como si perteneciera a otro plano al que ya no tenía acceso.
No había alternativa.
No había posibilidad de distraerse hacia fuera.
Y poco a poco, sin que nadie lo nombrara, todo empezó a volcarse hacia dentro.
El cuerpo, que hasta entonces había sido simplemente el medio a través del cual me movía, jugaba o exploraba, empezó a ocupar otro lugar. Se convirtió en algo que había que atender, que marcaba límites, que imponía un ritmo al que no podía dejar de responder.
Había días de más cansancio, momentos en los que cualquier pequeño esfuerzo parecía excesivo, y una sensación constante de estar contenida dentro de algo que no terminaba de comprender.
Pero más allá de lo físico, lo que recuerdo con más claridad es esa especie de retirada forzada.
Si antes buscaba espacios donde poder estar sola por elección, ahora esa soledad ya no era un refugio. Era una condición.
Y en esa quietud impuesta, en ese tiempo sin apenas referencias externas, algo en mí empezó a cambiar de lugar.
No sabría decir exactamente qué.
Pero cuando, meses después, la vida retomó su ritmo aparente, yo ya no estaba exactamente en el mismo punto.
Volver al mundo y no encontrar el mismo lugar
Cuando por fin pude salir de casa y recuperar, al menos en apariencia, la vida de antes, algo en mí esperaba que todo volviera a su sitio de forma natural, como si aquellos meses hubieran sido solo una pausa.
Pero no fue así.
El mundo seguía ahí, reconocible en muchos aspectos, pero mi forma de estar en él ya no era la misma. Había una especie de desajuste difícil de explicar, una sensación sutil pero persistente de no estar del todo sincronizada con lo que ocurría a mi alrededor.
Volver al colegio, retomar las rutinas, encontrarme de nuevo con otros niños… todo eso, que en otro momento habría sido simplemente lo habitual, empezó a requerir una atención distinta. Como si algo que antes sucedía sin esfuerzo ahora necesitara ser pensado, observado, reconstruido.
Recuerdo esa etapa como un intento silencioso de recolocarme.
Había una necesidad de volver a formar parte, de no quedarme fuera, pero ya no era algo que ocurriera de manera espontánea. Requería más energía, más atención, más esfuerzo del que nadie parecía percibir desde fuera.
Poco a poco, esa necesidad fue tomando más espacio.
Empecé a fijarme con más detenimiento en cómo se comportaban los demás, en qué parecía funcionar, en qué generaba aceptación o rechazo. Había algo casi minucioso en esa observación, una forma de atender a los detalles que iba más allá de la simple curiosidad.
No se trataba solo de entender.
Se trataba de encontrar la manera de estar.
Y en ese proceso, sin darme cuenta, algo empezó a desplazarse de nuevo.
Si antes mi atención había estado volcada hacia dentro, durante el tiempo de la enfermedad, ahora comenzaba a orientarse con más fuerza hacia fuera, hacia los otros, hacia ese entramado social del que intuía que dependía, en gran medida, poder sentirme en un lugar.
No era todavía una estrategia clara.
Pero ya no era tampoco una simple inclinación.
Era el inicio de algo que, con el tiempo, acabaría ocupando un lugar mucho más central.
Intentar encajar se volvió fijación
Con el tiempo, ese intento de recolocarme en el mundo dejó de ser algo difuso para convertirse en una dirección cada vez más clara.
Ya no se trataba solo de volver a estar, sino de encontrar la manera de hacerlo sin quedarme al margen.
Había algo en mí que había entendido —aunque no pudiera formularlo con palabras— que formar parte no era algo que fuera a ocurrir de forma natural, sino algo que tenía que aprender. Como si existiera un código implícito en la forma de relacionarse de los demás al que yo no había tenido acceso hasta entonces, y que ahora necesitara descifrar para poder situarme.
Y empecé a hacerlo.
Mi atención se volvió más selectiva, más dirigida hacia fuera. Observaba con detalle, no solo lo que los demás hacían, sino cómo lo hacían, qué generaba aceptación, qué parecía funcionar dentro del grupo. Había algo casi minucioso en esa forma de mirar, una especie de estudio silencioso de aquello que, hasta ese momento, me había resultado difícil de comprender desde dentro.
Poco a poco, ese proceso fue tomando forma en decisiones concretas.
Empecé a interesarme por todo aquello que marcaba tendencia entre las chicas de mi edad. Las revistas —la Super Pop, la Ragazza— se convirtieron en algo más que un entretenimiento: eran una referencia, una forma de orientarme en un terreno que intuía importante. Cómo vestir, qué decir, qué gustaba, qué no… todo parecía formar parte de un mismo lenguaje que, por fin, empezaba a tener cierta lógica.
Ese movimiento también alcanzó al cuerpo.
Apareció la dieta, no tanto como una cuestión estética superficial, sino como una forma de intervenir sobre mí misma, de acercarme a una imagen que, de algún modo, facilitara ese acceso al grupo. Había una intención clara de ajustar, de modificar, de hacer lo necesario para que lo externo acompañara ese intento de pertenecer.
Mi casa, en ese momento, se convirtió en otro de los espacios donde ese proceso se desplegaba. Mis padres tenían un bar y pasaban muchas horas fuera, así que el espacio quedaba disponible. Empecé a ofrecerlo para reuniones, para encuentros, para situaciones en las que podía situarme en un lugar distinto al que había ocupado hasta entonces.
Y durante un tiempo, aquello funcionó.
Recuerdo la sensación de haber cruzado una especie de frontera invisible. De estar dentro, de formar parte, de recibir una validación que, en ese momento, tenía un peso enorme. Como si todo ese esfuerzo por comprender, por ajustar, por sostener una determinada forma de estar, encontrara finalmente una respuesta.
Pero esa pertenencia tenía algo de inestable.
No era un lugar en el que pudiera descansar del todo, sino algo que parecía depender de mantener cierto equilibrio, de no desviarme demasiado, de seguir sosteniendo aquello que había aprendido que funcionaba. Había una atención constante, una especie de tensión silenciosa que no terminaba de relajarse.
Y aunque entonces no pudiera verlo con claridad, ese modo de estar contenía ya una contradicción difícil de sostener a largo plazo.
Porque cuanto más afinaba en ese intento de encajar, más lejos quedaba, en algún lugar, esa forma más espontánea y menos intervenida de ser que había habitado en otros momentos.
Y eso, tarde o temprano, iba a tener un coste.
Donde empecé a convertirme en quien hacía falta ser
El paso al instituto no fue simplemente un cambio de etapa, sino una entrada en un mundo que funcionaba con códigos completamente distintos a los que yo había aprendido hasta entonces, un entorno nuevo en el que no conocía a nadie y donde la forma de relacionarse, de hablar, de ocupar el espacio y de ser vista parecía responder a reglas invisibles que nadie explicaba pero que todos, de algún modo, parecían comprender y manejar con naturalidad.
Venía de la escuela pública del barrio, donde con mayor o menor dificultad había conseguido orientarme, encontrar ciertos puntos de referencia y sostenerme en ellos, pero allí todo era diferente, más rápido, más exigente, más cargado de matices que había que captar casi al instante, y mi primera reacción, como tantas otras veces, fue volver a ese lugar que conocía bien: observar, escuchar, intentar entender desde dentro qué estaba ocurriendo, cómo se organizaban los grupos, qué hacía que unas personas fueran aceptadas y otras quedaran desplazadas, como si en ese ejercicio de lectura constante estuviera la clave para no perderme del todo.
Pero esta vez la sensación era distinta, porque lo que antes me había servido ahora se quedaba corto, y aunque ponía toda mi atención en descifrar aquel entramado social, había algo que siempre parecía escaparse, una especie de desfase entre lo que yo percibía y lo que lograba hacer con ello, como si llegara siempre medio paso tarde a un juego que ya estaba en marcha.
Al mismo tiempo, el cuerpo empezó a ocupar un lugar cada vez más presente en la experiencia, no de forma brusca ni en un momento concreto, sino a través de cambios que se iban acumulando sin que yo terminara de darme cuenta del todo hasta que ya estaban ahí; la menstruación llegó en ese primer verano, y con el paso de los meses, ya dentro del instituto, el aumento de peso fue haciéndose evidente, modificando no solo mi imagen sino también la forma en la que habitaba los espacios, la manera en la que entraba en un sitio, en la que me cruzaba con otros, en la que sentía las miradas sobre mí, generando una sensación constante de exposición que no sabía cómo gestionar pero que tampoco podía ignorar.
Y aun así, retirarme no era una opción.
Si algo tenía claro, aunque no lo formulara de ese modo, es que no quería volver a ese lugar de invisibilidad que había conocido antes, así que en lugar de echarme atrás, empecé a implicarme más, a moverme con mayor determinación, a ocupar espacios que antes no ocupaba, a intervenir en las dinámicas de grupo no solo desde la observación sino desde la acción, desarrollando una forma de estar que pasaba por ser útil, resolutiva, disponible, alguien que facilitaba que las cosas ocurrieran y que los demás estuvieran bien.
Había en todo eso una voluntad muy fuerte, casi obstinada, de hacerme un sitio, de no quedarme fuera, de aprender ese idioma social aunque tuviera que hacerlo a base de ensayo, error y un esfuerzo que nadie veía desde fuera, y lo cierto es que, durante un tiempo, funcionó lo suficiente como para sostenerlo.
Mi vida social empezó a crecer, a ocupar cada vez más espacio, mientras que lo académico, que durante años había sido un lugar de referencia para mí, fue perdiendo peso de forma gradual, no por falta de capacidad ni de interés en sí mismo, sino porque empecé a entender que todo ese esfuerzo no generaba ningún tipo de reconocimiento en casa, que sacar buenas notas no cambiaba nada, que era simplemente lo esperado, y que había otras formas de obtener un lugar que, en ese momento, parecían tener más efecto.
Así fue como mis notas empezaron a bajar mientras mi presencia fuera del aula se expandía, hasta el punto de que a los diecisiete años ya me movía con soltura en un entorno que, tiempo atrás, me habría resultado completamente ajeno, trabajando como promotora en la discoteca de moda de la ciudad, repartiendo flyers, organizando, conectando a personas, ganando dinero y sintiendo, por primera vez en mucho tiempo, que había algo en mí que encajaba en ese tipo de dinámica, algo práctico, rápido, eficaz, que sabía cómo moverse y obtener resultados.
Y sin embargo, incluso dentro de ese aparente lugar, había una grieta que no terminaba de cerrarse.
Porque aunque estaba, aunque participaba, aunque facilitaba que todo ocurriera, había una dimensión más íntima en la que seguía quedándome fuera, especialmente en lo que tenía que ver con los chicos, con el deseo de ser vista, elegida, reconocida desde ese lugar que para otras parecía darse con naturalidad y que en mi caso se convertía, una y otra vez, en una experiencia de distancia silenciosa, de querer acercarme y no saber cómo hacerlo sin descolocarme por completo.
Recuerdo cómo, en lugar de quedarme sosteniendo ciertas escenas que me resultaban difíciles, encontraba excusas para apartarme, para ocuparme en algo, para volver a un lugar más estructurado donde al menos supiera qué hacer, ayudando a organizar, contando flyers, preparando sobres, moviéndome en ese terreno más funcional en el que sí podía orientarme.
Y mientras todo eso se desplegaba hacia fuera, el cuerpo seguía su propio proceso, creciendo, ocupando más espacio, haciéndose cada vez más presente sin que yo tuviera herramientas para entender lo que estaba ocurriendo ni para sostenerlo de otra manera.
Pero no había tiempo para detenerse en eso.
Había que seguir.
Había que sostener el lugar que tanto me estaba costando construir.
El precio invisible de intentar encajar
Durante mucho tiempo no tuve la sensación de estar traicionándome, ni de estar haciendo algo artificial o equivocado. Lo que estaba haciendo tenía toda la lógica del mundo desde el lugar en el que me encontraba: intentar encajar en la adolescencia fue, para mí, una manera de sostenerme, de encontrar un sitio, de no volver a sentir ese descoloque profundo de quien observa la vida desde fuera sin saber del todo cómo entrar.
Y entré.
Entré como pude, con las herramientas que tenía, con una fuerza de voluntad que hoy todavía me conmueve cuando la miro de frente, porque no era poca cosa lo que aquella adolescente estaba haciendo. No solo estaba aprendiendo a moverse en códigos sociales que no le resultaban naturales, ni estaba simplemente tratando de gustar o de formar parte de un grupo. Estaba construyendo, casi desde cero, una forma de estar en el mundo que le permitiera no desaparecer del todo, no quedarse otra vez al margen, no ser la niña extraña, intensa o excesiva que tantas veces había sentido que era para los demás.
Y eso exigía muchísimo.
Exigía atención constante, lectura fina de los otros, energía social, capacidad de adaptación, control de la imagen, una relación con el cuerpo cada vez más cargada de significado, y una orientación permanente hacia fuera que iba ocupando cada vez más espacio. No es extraño que en ese contexto aparecieran problemas de identidad, porque cuando una aprende tan pronto a organizarse en torno a lo que funciona, a lo que agrada, a lo que permite pertenecer, llega un momento en que ya no resulta tan fácil distinguir qué nace de una misma y qué nace de la necesidad de sostener el vínculo.
Yo entonces no lo pensaba así, claro. Lo que sentía era otra cosa: una mezcla de determinación, cansancio, deseo de ser vista y una sensación bastante persistente de que, aun haciendo tanto, seguía habiendo algo que no terminaba de llegar. Porque no encajar en la adolescencia no siempre se vive como una exclusión evidente; a veces se vive, precisamente, en medio de la participación, mientras una está dentro de la escena y, sin embargo, sigue sintiendo que algo esencial no termina de descansar.
Desde fuera podía parecer que lo estaba consiguiendo. Había vida social, iniciativa, movimiento, recursos, una cierta capacidad para encontrarme un lugar y sostenerlo. Pero por dentro la experiencia era más compleja, y lo que hoy puedo decir sin traicionar a aquella adolescente es que vivía en un esfuerzo constante. Un esfuerzo que no siempre se veía y que pocas veces era leído con la profundidad que requería. La ansiedad adolescencia no aparecía entonces para mí con ese nombre, ni la depresión adolescente se habría dejado reconocer todavía del todo en la forma en que hoy la nombraría, pero sí había una fatiga de fondo, una exigencia silenciosa, una manera de seguir hacia delante sin terminar de tocar un lugar de verdadera seguridad interna.
Y quizá ahí estaba una de las cuestiones más decisivas de todo este periodo: que, mientras yo desarrollaba recursos, estrategias, habilidades sociales y una capacidad enorme para responder a lo que se esperaba de mí, otras partes más nucleares quedaban sin suficiente sostén. No porque no existieran, ni porque fueran débiles, sino precisamente porque eran demasiado valiosas, demasiado complejas, demasiado vivas como para poder desplegarse en un entorno que no supo reconocerlas, protegerlas y acompañarlas.
Eso incluía también mis altas capacidades.
No como una etiqueta vacía, sino como una forma de intensidad cognitiva, perceptiva y creativa que, sin orientación ni contexto adecuado, no podía convertirse en potencia organizada. Había inteligencia, sensibilidad, profundidad, curiosidad, voluntad, incluso visión, pero no había el tipo de sostén que permite que todo eso se articule en una dirección propia. Y cuando eso falta, una no deja de tener potencial: lo que ocurre es que empieza a invertirlo en sobrevivir, en adaptarse, en sostener vínculos, en hacerse legible para el mundo antes de haber podido entenderse del todo a sí misma.
Ese fue, en muchos sentidos, el lugar al que llegué al final de mi adolescencia.
No un lugar de derrumbe, al menos no todavía, sino un lugar de enorme esfuerzo sostenido, de identidad construida hacia fuera, de recursos reales y, al mismo tiempo, de una cierta confusión de fondo sobre quién era yo más allá de todo aquello que había aprendido a hacer para pertenecer.
Y desde ahí empezó la siguiente etapa: la mayoría de edad, la entrada en la adultez, la necesidad de elegir estudios o camino profesional sin una referencia interna verdaderamente asentada, y el inicio de una nueva confrontación con todo lo que había sido mermado, aplazado o desviado por falta de apoyos.
Continuará...
En la siguiente parte compartiré cómo viví ese paso a la adultez, la dificultad de elegir un camino propio cuando has aprendido antes a adaptarte que a escucharte, y el impacto que tiene crecer con un gran potencial sin el reconocimiento ni el sostén necesarios para desarrollarlo.
Si algo de este recorrido ha tocado una parte de tu propia historia, quizá merezca ser escuchada con más cuidado. Y si crees que este artículo puede acompañar a alguien que está intentando comprenderse mejor, compártelo. Nunca sabemos cuándo un texto puede convertirse en el espejo que otra persona necesitaba encontrar.
Maribel Ariza © 2022-2026. All Rights Reserved
Preguntas Frecuentes
¿Intentar encajar en la adolescencia puede hacer que una persona se desconecte de sí misma?
Sí. Cuando intentar encajar en la adolescencia se convierte en una necesidad constante, muchas personas empiezan a orientarse más hacia lo que se espera de ellas que hacia lo que realmente sienten, necesitan o son. Esa adaptación sostenida puede generar una pérdida progresiva de referencia interna.
¿Qué relación hay entre trauma, identidad y adolescencia?
La adolescencia es una etapa en la que la identidad todavía se está formando. Si una persona llega a ese momento con una historia previa de sensibilidad, desajuste o falta de sostén relacional, el intento de pertenecer puede volverse tan intenso que termine moldeando su identidad desde la adaptación y no desde la autenticidad.
¿Cómo se manifiesta el miedo a no encajar en la adolescencia?
No siempre se manifiesta como aislamiento. A veces aparece como hiperadaptación, necesidad de agradar, esfuerzo constante por ser divertida, útil o resolutiva, control de la imagen, dificultad para relajarse en los vínculos o sensación de estar siempre pendiente de cómo te perciben los demás.
¿Qué ocurre cuando una adolescente con alta sensibilidad o altas capacidades no recibe el sostén adecuado?
Muchas veces no deja de tener potencial, pero sí empieza a invertir una gran parte de su energía en sobrevivir socialmente, adaptarse y encontrar un lugar. Eso puede mermar el despliegue natural de sus capacidades, generar confusión identitaria y dejar una sensación persistente de estar viviendo lejos de sí misma.
Soy Maribel Ariza, psicóloga especializada en trauma complejo y neurodivergencia en mujeres.
Acompaño a mujeres que llevan años sosteniendo demasiado —pensando, adaptándose, exigiéndose— a comprender cómo funciona realmente su sistema nervioso y a construir una forma más amable de estar consigo mismas.
Mi enfoque es integrativo, profundo y respetuoso con los ritmos del cuerpo. No se trata de encajar en métodos estándar, sino de encontrar una forma de acompañamiento que tenga sentido para ti.
Si algo de lo que has leído aquí ha resonado contigo, puedes escribirme. Estaré encantada de leerte.