AUTISMO FEMENINO Y RECHAZO SOCIAL

"No le Caigo Bien a Nadie": 3 Razones Por las que Muchas Mujeres Autistas Se Sienten Así

Autismo Femenino y rechazo social: Mujer autista reflexionando sobre su sensación de no encajar socialmente

Ya es hora de empezar a tratar estas emociones como lo que son: reales, legítimas y dignas de ser comprendidas.

Autismo femenino y rechazo social son dos conceptos profundamente entrelazados, y entenderlos es crucial para visibilizar la experiencia de muchas mujeres dentro del espectro. A menudo, las dificultades sociales no son el resultado de una falta de esfuerzo o de «no ser lo suficientemente sociables», sino de una desconexión fundamental entre la manera en que nos comunicamos y la manera en que la sociedad espera que lo hagamos. A través de este artículo, quiero compartir cómo estas dinámicas afectan a muchas mujeres autistas y por qué es vital que empecemos a hablar de ellas con más frecuencia y empatía.

Sentir que no caemos bien, que nuestras relaciones se rompen sin saber por qué, o que simplemente no encajamos, es una experiencia común entre muchas de nosotras. Durante años, esta sensación puede confundirse con baja autoestima o ser vista como una exageración, pero en realidad tiene raíces profundas en cómo funciona la comunicación entre neurotipos. Aquí comparto mi vivencia personal tras descubrir mi autismo en la adultez, y exploro tres claves que explican por qué muchas mujeres neurodivergentes sentimos que no somos entendidas. Desde el enmascaramiento, hasta el problema de la doble empatía y las huellas del trauma social, vamos a poner palabras a una realidad que aún necesita visibilidad y validación.

Autismo femenino y rechazo social: ¿por qué sentimos que no encajamos?

¿Alguna vez has sentido que, por más que lo intentes, algunas personas simplemente no parecen congeniar contigo?

A mí, personalmente, este sentimiento me ha acompañado durante toda la vida. De pequeña, cuando era solo una niña en el jardín de infancia, recuerdo vagar en plan sonámbulo buscando compañero/a con quien compartir hamaca para la siesta y ser rechazada incluso por mi propia hermana; en la adolescencia, cuando inventaba historias y personajes para que mis conversaciones encajaran con las del grupo, y en mi vida adulta, cada vez que perdía un trabajo por «no encajar en el equipo». Muchas veces me he preguntado cómo otras personas pueden crear vínculos con tanta facilidad, cómo pueden relacionarse con los demás de forma tan natural y sencilla, mientras yo me siento completamente fuera de lugar.

Es curioso que, por por más que intentara ser “yo misma”, seguía sintiéndome rara, como si algo en mi forma de ser no encajara con el resto. Y este sentimiento no es algo que haya experimentado solo una vez. En realidad, es algo que he sentido a lo largo de toda mi vida, incluso con mi propia familia. Siempre me ha costado conectar con los demás, y he llegado a preguntarme si hay algo en mí que hace que las personas no se sientan atraídas por mi persona, o si es algo que yo misma hago mal.

Cuando descubrí que soy autista, una parte de mí sintió alivio, porque finalmente entendí que esto no es algo exclusivo de mi personalidad, ni algo que debía cambiar a toda costa. De hecho, esta sensación de no encajar es común en muchas personas autistas. Y lo peor es que muchas veces, cuando lo compartimos con otros, nos encontramos con respuestas rápidas y simplistas como: «Eso no puede ser cierto, ¿cómo es posible que a todos les caigas mal?».

Los expertos suelen decir que estos pensamientos son irracionales, como si no tuviera sentido cuestionarse por qué no conectamos con otras personas. A menudo, se nos dice que estamos siendo demasiado autocríticos, que vivimos demasiado dentro de nuestra cabeza y nos dejamos llevar por la voz de nuestro crítico interno.

Pero, ¿es siempre así?

Con el tiempo, he llegado a pensar que hay algo de verdad en ese sentimiento, algo que no debe ser desestimado ni minimizado. Es un sentimiento que, aunque difícil de aceptar, proviene de experiencias reales. Y estas experiencias no son meras suposiciones; son vivencias que surgen de interacciones auténticas, aunque no siempre hayan sido entendidas como tales.

¿No debería explorarse este sentimiento más a fondo? ¿Por qué la gente es tan rápida para decirnos que no es cierto, cuando en realidad, podría ser exactamente lo que estamos viviendo?

Si bien es cierto que trabajar en nuestra confianza y autoestima siempre es positivo, empiezo a pensar que no todo depende de nosotros como individuos. Hay algo más en juego aquí. A veces, el hecho de que no logremos conectar con los demás no tiene que ver con una falta de esfuerzo o un problema personal. A veces, simplemente, es porque nuestro cerebro funciona de manera diferente. Nuestro neurotipo no es el mismo que el de los demás, y esto influye en cómo nos relacionamos con el mundo y cómo percibimos a los demás.

Comunicación Difícil y Malentendidos: Por qué el “problema de la doble empatía” perpetúa estos sentimientos

Para entender por qué muchas personas autistas sienten que no encajan, es importante abordar el concepto del “problema de la doble empatía”. Este fenómeno ayuda a explicar cómo las diferencias en la comunicación social entre personas autistas y neurotípicas pueden llevar a malentendidos y a la perpetuación de esos sentimientos de exclusión.

El «problema de la doble empatía» se refiere al desajuste que ocurre entre las formas de comunicación de las personas autistas y las no autistas (o alistas). Según este concepto, las dificultades no solo se deben a que las personas autistas malinterpretan a los demás, sino también a que las personas neurotípicas malinterpretan a las personas autistas. Este desajuste es fruto de estilos de comunicación y preferencias diferentes, que crean una brecha difícil de cruzar.

Un estudio de 2020 publicado en Frontiers in Psychology investigó las relaciones interpersonales entre parejas autistas, mixtas y neurotípicas, mostrando que las parejas en las que ambas personas comparten un neurotipo informan niveles más altos de afinidad que aquellas parejas en las que uno de los miembros es autista y el otro es neurotípico. Este hallazgo respalda la idea central del problema de la doble empatía, confirmando que no se trata de algo personal, sino de una incompatibilidad natural entre estilos de comunicación. Las personas tienden a gravitar hacia quienes comparten un enfoque similar, es decir, un mismo «código cultural» de comunicación.

Este fenómeno no significa que las personas neurotípicas no aprecien a las personas autistas, ni viceversa. Sin embargo, las diferencias en la forma de comunicarse pueden hacer que, de manera intencionada o no, se excluya a las personas autistas de las interacciones. Esto, a su vez, puede hacer que quienes están dentro del espectro autista se sientan no entendidos o rechazados.

Algunos ejemplos comunes del problema de la doble empatía en la interacción con personas autistas son:

  • Que las personas autistas parezcan controladoras cuando, en realidad, lo que buscan es garantizar estabilidad y seguridad en su entorno.

  • Que la franqueza extrema de una persona autista se perciba como grosería, cuando simplemente están siendo honestos sin adornos.

  • Que una persona autista parezca desinteresada o incómoda en una situación social, cuando la verdadera causa puede ser una sobrecarga sensorial.

Por todo esto, es evidente que el problema de la doble empatía contribuye significativamente al choque cultural entre personas autistas y neurotípicas, perpetuando la sensación de incomodidad y desconexión entre ambos grupos.

El impacto del enmascaramiento en el autismo femenino y sus efectos en las relaciones

Las personas no autistas no están siendo equipadas con las habilidades para salvar esta brecha de comunicación

¿Cuántas veces te has sentido obligada a poner una máscara, a adoptar un personaje para “encajar” en una interacción social? Yo lo he hecho muchas veces, casi de forma automática, como una estrategia para sobrevivir en un mundo que no me entendía. ¿Recuerdas alguna vez en la que, a pesar de todos los esfuerzos, no lograste conectar genuinamente con los demás? Yo sí. A veces, incluso cuando creas esos personajes para pertenecer, algo siempre se rompe, y la conexión auténtica no llega.

El enmascaramiento es un mecanismo que muchas personas autistas sentimos que necesitamos para poder funcionar en un entorno social. No se trata solo de intentar adaptarnos, sino de una necesidad de «actuar» para poder interactuar sin que nos rechacen. Sin embargo, al hacerlo, no solo nos agotamos emocionalmente, sino que muchas veces no logramos conectar de forma real. Es como si estuviéramos bailando al ritmo de una música que solo nosotras escuchamos, mientras los demás siguen su propio compás.

Y aquí es donde entra otro factor crucial: la falta de comprensión por parte de los demás. A menudo, las personas alistas (no autistas) no son conscientes de cómo interactuamos las personas autistas, de cómo nos sentimos o de las barreras que enfrentamos en las interacciones sociales. Aunque hoy en día hay una mayor conciencia sobre la neurodiversidad, el apoyo real en cuanto a herramientas o habilidades para salvar la brecha de comunicación sigue siendo escaso. Muchas veces, los demás no están equipados para comprender nuestra perspectiva o para brindarnos el apoyo que necesitamos.

Por ejemplo, ¿cuántas veces alguien ha tenido la iniciativa de preguntarte cómo te sientes o de adaptar su forma de comunicarse para hacerte sentir más cómoda? En mi caso, puedo contar con los dedos de una mano las veces que alguien ha hecho este esfuerzo, lo que me ha llevado a preguntarme: ¿por qué soy yo la que siempre tiene que adaptarse? ¿Por qué la responsabilidad de hacer todo el trabajo emocional recae en nosotras?

Es cierto que cada vez hay más sensibilización sobre el autismo, pero también lo es que la mayoría de las personas no autistas no están siendo preparadas para comprender cómo funciona nuestra manera de relacionarnos con el mundo. Y esto puede generar frustración, porque al final parece que somos nosotras las que tenemos que dar explicaciones y hacer el esfuerzo extra.

Investigaciones como la del CIPD, que indican que más de la mitad de los empleados neurodivergentes no sienten que sus organizaciones o equipos sean lo suficientemente abiertos o solidarios como para hablar sobre neurodiversidad, me hacen reflexionar. Si esto sucede en el ámbito laboral, ¿cómo será en las aulas o en la vida cotidiana?

La colaboración, la empatía y la comunicación son habilidades que se valoran en la sociedad, pero todas estas habilidades se enseñan desde una perspectiva neurotípica. No se nos está educando sobre las diferentes formas de ver el mundo, sobre cómo las personas autistas procesan la información y las interacciones sociales.

Así, en lugar de crear un espacio donde podamos conectar de manera genuina, las personas autistas terminamos llevando el peso de la incomprensión. Nos cansamos de ser siempre las que tenemos que adaptar nuestro ser a los demás, y llega un momento en el que, agotadas emocionalmente, preferimos retirarnos de ese mundo que no nos comprende, porque sentimos que nadie más está haciendo el esfuerzo de vernos tal y como somos.

El Trauma de las Experiencias Pasadas

A lo largo de mi vida, he pasado muchas veces por la experiencia de sentirme excluida, y no he podido evitar llegar a la conclusión de que había algo en mí que hacía que no me quisieran. Había situaciones en las que, por más que intentaba encajar o adaptarme, sentía que algo no estaba haciendo bien, como si fuera una pieza que no terminaba de ajustarse al puzzle.

Recuerdo claramente que la «líder del grupo», esa persona que marcaba el tono en cualquier dinámica social, dejaba bastante claro que no le caía bien. Sin embargo, yo no me mostraba lo suficiente como para que los demás pudieran verlo o entenderlo. De alguna manera, eso resultaba en una especie de manipulación, en lo que ahora sé que es «hacer luz de gas»: yo misma comenzaba a dudar de mis propios sentimientos, ya que los demás no comprendían por qué me sentía aislada. Me retraía cada vez más, lo que terminaba reforzando la creencia limitante de que algo debía estar mal conmigo, de que no era lo suficientemente buena.

Lo que antes no entendía, y que ahora, tras descubrir mi autismo, tiene mucho más sentido, es que esa forma de tratarme no tenía nada que ver conmigo como persona. No refleja quién soy yo, sino cómo las personas que me rodeaban estaban lidiando con sus propios problemas y limitaciones. Como dice el dicho, «las personas heridas lastiman a otras personas». Muchas veces, esas actitudes que recibí no eran más que un reflejo de lo que ellas mismas estaban viviendo o sintiendo.

He aprendido que hay innumerables personas autistas que, como yo, hemos pasado por traumas que afectan nuestra percepción del mundo. Ya sea debido a la crianza, el bullying en la escuela, o la falta de comprensión en las relaciones sociales, todo eso deja huellas profundas. Por ejemplo, pienso en la cantidad de mensajes negativos que reciben los niños con TDAH y cómo esas experiencias, al igual que las nuestras, pueden marcar profundamente nuestra autoestima y nuestra forma de ver el mundo.

En mi caso, a medida que fui creciendo y experimentando el rechazo o la incomprensión, me costaba no internalizar esas experiencias. Nos han condicionado a buscar validación externa, a esperar que los demás nos den el permiso para sentirnos bien con nosotras mismas. Pero la verdad es que, muchas veces, esa validación nunca llega de la manera en que necesitamos. Y, lo que es aún más importante, no es nuestra culpa si la gente no nos entiende o no nos acepta como somos.

Recuerdo una cita que me gustaba mucho cuando era más joven “No puedes hacer feliz a todo el mundo, no eres un bote de Nutella.” La vida social, en su mayoría, no se trata de gustar a todos, y eso está bien. No tenemos que ser aceptadas por todos para sentirnos valiosas. En las relaciones, lo que importa realmente es la calidad, no la cantidad. Si tienes una persona, una amiga, alguien que te vea, que te entienda, que te respete, ya estás en el camino correcto.

A lo largo de estos últimos meses, he comprendido que no se trata de conseguir la aprobación de todo el mundo. De hecho, si todos te quisieran, te convertirías en alguien bastante predecible y aburrido. Y esa es una gran lección que estoy aprendiendo: no siempre es nuestra culpa si alguien no nos entiende o si no nos valoran. Hay factores mucho más profundos y complejos, como el problema de la doble empatía, que influyen en cómo nos vemos y cómo somos percibidas.

Así que, aunque somos responsables de cómo nos vemos a nosotras mismas, debemos recordar que a veces la conexión genuina con los demás está fuera de nuestro control. Y está bien si no encajamos con todos. La verdadera aceptación comienza por nosotras mismas.

Conclusión

Comprender por qué muchas mujeres autistas sentimos que no caemos bien no solo es liberador, también es un paso importante hacia la autoaceptación. No se trata de encajar en moldes ajenos, sino de reconocer nuestra manera única de estar en el mundo. El enmascaramiento, el problema de la doble empatía y las heridas del trauma nos afectan, pero también podemos crear relaciones más auténticas cuando nos conocemos y nos respetamos tal como somos. Si te has sentido así alguna vez, no estás sola. Y si acompañas a alguien neurodivergente, que este artículo te sirva para mirar con más empatía. Comparte si te ha resonado, porque esto necesita ser hablado mucho más.

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Maribel Ariza © 2025. All Rights Reserved

Soy Maribel Ariza, psicóloga especializada en trauma complejo y neurodivergencia en mujeres.

Acompaño a mujeres que llevan años sosteniendo demasiado —pensando, adaptándose, exigiéndose— a comprender cómo funciona realmente su sistema nervioso y a construir una forma más amable de estar consigo mismas.

Mi enfoque es integrativo, profundo y respetuoso con los ritmos del cuerpo. No se trata de encajar en métodos estándar, sino de encontrar una forma de acompañamiento que tenga sentido para ti.

Si algo de lo que has leído aquí ha resonado contigo, puedes escribirme. Estaré encantada de leerte.

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