Trauma y Neurodiversidad
Muchas mujeres neurodivergentes han vivido toda su vida con una sensación de extrañeza, agotamiento o desconexión que no se explica solo por su forma de procesar el mundo. ¿Y si detrás de estas vivencias hubiera también heridas invisibles? En este artículo exploro la relación entre el trauma —especialmente el trauma del desarrollo— y las neurodivergencias, desde una mirada despatologizante y basada tanto en la ciencia como en la experiencia clínica. Un enfoque que invita a comprender el sistema nervioso con más compasión y profundidad.
El vínculo silenciado entre trauma y neurodivergencia
Una intuición temprana: mi historia personal con la neurodivergencia y el trauma
Hace años, incluso antes de especializarme en trauma y neurodivergencias, algo en mí ya intuía que existía una conexión profunda entre el trauma temprano y las formas diferentes de experimentar, percibir y procesar el mundo.
Esa sospecha no venía solo de los libros, ni de los estudios académicos. Nació del cuerpo, de la escucha atenta a mi historia, a la de mis pacientes y a la de muchas otras mujeres que vivían con una sensación persistente:
la de no encajar, la de ir a contracorriente, la de sentirlo todo demasiado… o no sentir nada en absoluto.
Un patrón apenas nombrado —pero demasiado frecuente para ser casual— conectaba historias de trauma temprano con formas no normativas de sentir, pensar y habitar el mundo. Hoy lo sé con certeza: muchas mujeres neurodivergentes no solo cargan con historias de trauma.
Han sobrevivido a él incluso antes de nacer.
Una mirada encarnada, no solo teórica
Este artículo nace del deseo de abrir esa conversación.
Pero no desde la teoría, sino desde la vivencia encarnada.
Desde lo que muchas hemos sentido en el cuerpo mucho antes de entenderlo con la mente.
Porque mi interés en este tema no es solo profesional.
Es también íntimo, visceral, biográfico.
Trauma y neurodivergencia: cuando la historia comienza antes de nacer
Durante el embarazo de mi madre, mi tía de 18 años se suicidó. Mi padre enfermó de neumonía grave. Yo nací con fórceps, con una hernia y un pronóstico incierto. Años después, mi primera hija vino al mundo tras un embarazo lleno de estrés y una cesárea de urgencia. Sufrió hipoxia cerebral y nació con un soplo en el corazón. A los 19 años recibió un diagnóstico de TDAH, sin que nadie tomara en cuenta su historia. Poco después, a mis 48, yo también recibí un diagnóstico de autismo.
Hoy sé que esa historia no es solo nuestra.
Muchas mujeres llegan a consulta con la misma sensación: “hay algo en mí que no encaja, que siempre fue diferente, pero nadie supo verlo”.
¿Neurodivergencia o adaptación al trauma?
Ahora sabemos que nuestros sistemas nerviosos se moldean por experiencias que ocurren incluso antes de nacer. Entonces, me pregunto:
¿Es posible que muchas neurodivergencias sean, en realidad, adaptaciones tempranas a un entorno hostil?
¿Y si los diagnósticos que recibimos —TDAH, autismo, trastorno límite, ansiedad crónica— no tienen en cuenta el contexto de trauma temprano?
¿Y si muchas hemos sido mal diagnosticadas o incomprendidas?
Sospecho que mi hija, hoy diagnosticada con TDAH, forma parte del espectro autista. Y reconozco en mí misma múltiples signos de TDAH no identificados durante décadas. Pero más allá de las etiquetas, lo que más me importa es comprender el hilo que une nuestras historias.
Una mirada integradora y profunda
En artículos anteriores como El autismo de diagnóstico tardío en mujeres o El autismo más allá del diagnóstico, ya compartí parte de este camino. Hoy damos un paso más, hacia una mirada integradora que une los últimos estudios científicos con mi visión clínica y experiencia personal.
Una mirada que no reduce la neurodivergencia a una etiqueta clínica ni el trauma a un evento puntual.
Una mirada que reconoce que muchas mujeres neurodivergentes no solo han sido diferentes: han sido invisibilizadas, traumatizadas, y aún así, han sobrevivido.
¿Qué es la neurodiversidad y qué la diferencia del enfoque médico tradicional?
Qué es la neurodiversidad (y qué no es)
Una perspectiva despatologizante del funcionamiento neurológico
La neurodiversidad no es un diagnóstico ni un sinónimo de trastorno. Es un concepto que celebra la variabilidad natural del cerebro humano. Surgió desde el activismo autista (Singer, 1998; Silberman, 2015), pero se ha expandido para incluir otras formas de procesamiento neurológico como el TDAH, la dislexia, el síndrome de Tourette, entre otros.
Desde un enfoque neuroafirmativo, dejamos de ver estas formas de funcionamiento como defectos a corregir, y comenzamos a reconocerlas como expresiones legítimas de la diversidad humana.
¿Qué entendemos por trauma?
Definición de trauma y su impacto en el sistema nervioso
El trauma no se reduce a eventos extremos. Es, sobre todo, la huella que deja una experiencia vivida como excesiva, abrumadora o solitaria para el sistema nervioso. Como explica Bessel van der Kolk (2015), el trauma no está en el evento, sino en el cuerpo que lo percibe y almacena.
El trauma complejo —relacionado con experiencias tempranas, negligencias o abusos crónicos— puede alterar la organización neurológica, emocional y cognitiva del individuo desde etapas muy precoces.
¿Dónde se encuentran el trauma y la neurodivergencia?
Hipótesis sobre su interrelación y sus puntos de cruce
- La literatura actual apunta en dos direcciones principales:
El trauma como causa potencial de ciertas expresiones neurodivergentes: Algunos estudios sugieren que experiencias adversas tempranas (como el trauma prenatal, el parto violento o el apego inseguro) pueden tener un impacto directo sobre el neurodesarrollo (Teicher & Samson, 2016). - La neurodivergencia como factor de vulnerabilidad al trauma: Personas con TDAH o autismo, por ejemplo, experimentan mayor exposición a situaciones traumáticas debido a la falta de comprensión, el acoso escolar, la medicalización forzada o la invalidación crónica de su experiencia (Kildahl et al., 2021).
Un modelo simplificado que ignora muchas piezas del puzzle
La conversación en torno a la neurodiversidad ha cobrado fuerza en los últimos años. Al mismo tiempo, cada vez más personas adultas están recibiendo diagnósticos neurodivergentes tardíos (Stagg & Belcher, 2019), a menudo después de años de malestar, tratamientos ineficaces y etiquetas que no acababan de encajar.
Muchas de estas personas han vivido con neurodivergencia sin saberlo durante buena parte de su vida. Antes de llegar al diagnóstico adecuado, no es raro que hayan recibido múltiples diagnósticos erróneos, siendo tratadas por trastornos del estado de ánimo, problemas de relación o consumo de sustancias (Stagg & Belcher, 2019). Esto es especialmente común en mujeres, que suelen ser diagnosticadas más tarde que los hombres, en parte por cómo se han construido históricamente los criterios clínicos y por los mecanismos de camuflaje que muchas desarrollan desde pequeñas (Leedham et al., 2019).
Además, algunos estudios han demostrado que ciertos cuadros, como el TDAH, pueden manifestarse fuera del rango de edad establecido en las guías diagnósticas actuales, como durante la adolescencia o la adultez temprana (Asherson & Agnew-Blais, 2019). Esto pone en cuestión la idea de que estas condiciones deben ser necesariamente detectadas en la infancia.
La mayoría de los diagnósticos neurodivergentes, como el autismo o el TDAH, se describen aún como “trastornos del neurodesarrollo de inicio temprano, altamente hereditarios y de por vida”. Esta visión —muy extendida en los entornos clínicos tradicionales— deja fuera muchas piezas del puzle. Simplifica en exceso el entramado complejo de factores que contribuyen a la expresión de la neurodivergencia: la historia de vida, el temperamento, las experiencias adversas en la infancia, el entorno, la cultura, los sistemas de opresión, la sensibilidad individual… y también el trauma.
El problema no es solo epistemológico, sino también práctico. Cuando se parte de una comprensión reduccionista, es fácil que se ignoren variables esenciales a la hora de decidir qué tipo de acompañamiento necesita esa persona (Melling & Smethurst, 2017). Una intervención puede ser muy diferente si se reconoce que, además del rasgo neurodivergente, existen síntomas ligados a traumas tempranos no reconocidos.
Evidencias científicas
¿Qué dicen las investigaciones sobre la relación entre trauma y neurodivergencia?
Un creciente número de investigaciones exploran cómo los eventos adversos tempranos impactan directamente en el desarrollo del cerebro. El estudio ACEs (Felitti et al., 1998) mostró que la exposición a experiencias adversas en la infancia tiene una relación directa con múltiples problemas de salud mental y física en la adultez.
Estudios más recientes vinculan trauma con alteraciones en el volumen de la amígdala, el hipocampo y la corteza prefrontal (Teicher et al., 2016), todas ellas regiones relacionadas con funciones ejecutivas, regulación emocional y procesamiento sensorial.
Asimismo, investigaciones sobre mujeres autistas diagnosticadas tardíamente (Lai & Baron-Cohen, 2015) sugieren que los síntomas de trauma complejo pueden enmascarar o solaparse con rasgos neurodivergentes, dificultando la detección y comprensión de estas diferencias.
El solapamiento sintomático entre trauma y neurodivergencias
Cada vez hay más estudios que apuntan al papel del trauma en la aparición, expresión y evolución de muchos perfiles neurodivergentes. Muchos de los comportamientos considerados característicos del autismo, el TDAH o incluso el trastorno límite de la personalidad, también aparecen en personas que han vivido experiencias de trauma temprano (Al-Attar & Worthington, 2024; Ditrich et al., 2021).
Esta superposición sintomática desafía los modelos diagnósticos tradicionales y exige una mirada más matizada y contextual. No se trata solo de nombrar correctamente, sino de comprender lo vivido.
Riesgo aumentado: trauma en personas neurodivergentes
El trauma no solo puede influir en el neurodesarrollo, sino que muchas personas neurodivergentes experimentan un mayor riesgo de sufrirlo a lo largo de su vida (Davidson et al., 2022; Kerns et al., 2015). Esto se debe a la falta de adaptación del entorno, el bullying, la invalidación crónica o el desajuste sensorial constante.
Los síntomas de trauma a menudo se confunden con rasgos propios del perfil neurodivergente y, por tanto, permanecen sin ser reconocidos ni tratados (Allely & Faccini, 2020).
Trauma y neurodivergencia: Interacción y agravamiento mutuo
Cuando trauma y neurodivergencia coexisten, sus efectos no simplemente se suman: interactúan. El trauma puede intensificar síntomas sensoriales, emocionales o conductuales de la neurodivergencia, y viceversa. Esta interacción compleja suele pasar desapercibida, lo que conduce a evaluaciones incompletas y tratamientos inadecuados (Kildahl et al., 2024).
Además, muchas veces estas personas reciben diagnósticos erróneos, como trastorno límite de la personalidad, en lugar de autismo o TDAH, lo cual impacta profundamente en su vida terapéutica y social.
Diagnóstico: una cuestión de historia, contexto y escucha
A pesar de la apariencia objetiva de los diagnósticos, la mayoría se basan en la narrativa del paciente y la interpretación clínica. Esto hace que las evaluaciones de autismo o TDAH en adultos, especialmente mujeres, sean profundamente subjetivas y propensas al error (Cox et al., 2019; Al-Attar & Worthington, 2024).
Cuando los síntomas se solapan —como la disociación, la hiperreactividad emocional o la dificultad en la regulación afectiva— diferenciar entre trauma complejo y neurodivergencia se convierte en un reto clínico (Asherson & Agnew-Blais, 2019; Matthies & Philipsen, 2014).
Mi experiencia clínica: cuando la herida y el neurotipo se entrelazan
Diagnosticar en la adultez: un proceso complejo y lento
En adultos, el diagnóstico se vuelve aún más desafiante. Muchas personas han aprendido a enmascarar o internalizar sus síntomas a lo largo del tiempo, ya sea por presión social o por supervivencia psicológica (Cox et al., 2019; Weiner et al., 2019). El enmascaramiento autista y la internalización en el TDAH son ejemplos comunes de estos mecanismos de afrontamiento. Además, las presentaciones clínicas de la neurodivergencia pueden variar ampliamente entre individuos (Cox et al., 2017; Stagg & Belcher, 2019).
Por todo ello, Al-Attar y Worthington (2024) subrayan que las evaluaciones en adultos deben asumirse como procesos complejos, que demandan tiempo, recursos y un conocimiento profundo de las múltiples formas en que pueden expresarse tanto el trauma como la neurodivergencia. Estas dificultades diagnósticas abren la puerta tanto al sobrediagnóstico (falsos positivos) como al infradiagnóstico (falsos negativos), especialmente cuando no se consideran los factores contextuales y de desarrollo temprano.
Evaluación interdisciplinar: más allá del test
Para mejorar la precisión diagnóstica, Kildahl y colegas (2024) proponen un enfoque de evaluación interdisciplinaria con múltiples informantes, complementado con una revisión detallada de historiales clínicos y entrevistas profundas a lo largo del tiempo (Stagg & Belcher, 2019).
Existen además herramientas específicas como la Coventry Grid for Adults (Cox et al., 2019; Melling & Smethurst, 2017), diseñada para ayudar a diferenciar entre síntomas derivados del trauma complejo y del autismo. Si bien este tipo de instrumentos puede ser de gran utilidad, los expertos coinciden en que nunca deben sustituir el criterio clínico, sino complementarlo (Allely & Faccini, 2020).
El diagnóstico como punto de inflexión
Desde la perspectiva de las personas que reciben el diagnóstico, el proceso puede ser profundamente estresante (Leedham et al., 2019). El diagnóstico tardío suele conllevar una fase de reajuste emocional e identitario: aceptar una nueva comprensión de uno mismo, resignificar experiencias pasadas y replantear el futuro.
Aun así, muchas personas encuentran en el diagnóstico una experiencia transformadora y positiva, que favorece el autoconocimiento, la autoaceptación y una mayor capacidad de agencia (Leedham et al., 2019; Stagg & Belcher, 2019).
Mujeres diagnosticadas tarde: una historia repetida
Surge entonces una pregunta inevitable: ¿qué fue primero, el trauma o la neurodivergencia? Lo cierto es que, más allá de esta cronología, ignorar la neurodivergencia en personas que han vivido experiencias tempranas de trauma puede llevar a tratamientos inadecuados y al agravamiento de los síntomas traumáticos (Kildahl et al., 2024). Del mismo modo, pasar por alto el trauma en personas neurodivergentes puede generar intervenciones mal enfocadas, que no solo no alivian el sufrimiento, sino que lo profundizan.
Trauma y Neurodivergencia: un vínculo bidireccional
En última instancia, los trastornos relacionados con el trauma y las condiciones neurodivergentes mantienen una relación bidireccional: “cada uno predispone al desarrollo del otro y agrava su gravedad” (Boodoo et al., 2022). Esta afirmación se alinea con décadas de investigación que señalan cómo la adversidad temprana y el trauma infantil son factores clave en la génesis de la psicopatología (Felitti et al., 1998; Ferrer et al., 2016; Kerns et al., 2015).
Hacia un enfoque más humano, complejo y real
Sanar el trauma y habitar la diferencia con dignidad
Recibir un diagnóstico tardío, aunque liberador, suele implicar un proceso de duelo, reorganización identitaria y resignificación de la propia historia (Leedham et al., 2019). Pero también puede ser una oportunidad para cultivar la autocompasión, la agencia y la reparación de vínculos internos.
Hoy, desde mi rol como terapeuta y mujer neurodivergente, sigo investigando, escribiendo y acompañando procesos que dan testimonio de esta danza compleja entre trauma y neurodivergencia. Y si algo he aprendido es esto: lo que a menudo se ha leído como disfunción, es en realidad una historia que pide ser escuchada, no diagnosticada.
Trauma y neurodivergencia: una mirada contextual, no patologizante
Hablar de trauma y neurodiversidad en la misma conversación no es patologizar más. Es todo lo contrario: es dejar de ver a las personas como diagnósticos aislados y empezar a mirarlas en su contexto, en su historia, en su cuerpo.
No todas las neurodivergencias son producto del trauma, ni todo trauma genera neurodivergencia. Pero comprender su entrelazamiento —cuando lo hay— permite crear espacios terapéuticos más seguros, más precisos y más reparadores.
La verdadera pregunta: ¿qué te pasó?
La pregunta no es solo “qué tienes”, sino “qué te pasó”, “cómo lo viviste” y “qué necesita tu sistema para sentirse seguro hoy”.
Y ahí, quizá, comience de verdad el proceso de sanar.
Conclusión
Como terapeuta especializada en trauma y acompañamiento a mujeres neurodivergentes, he visto una y otra vez cómo historias de vida marcadas por la hipersensibilidad, el desbordamiento emocional, la dificultad para sostener relaciones o un sentido crónico de inadecuación encuentran un hilo conductor cuando exploramos el impacto del trauma temprano.
Pero también he visto cómo, cuando se ofrece un espacio seguro, afirmativo y no patologizante, muchas de esas mujeres comienzan a reconectar con su sabiduría interna, a habitar su cuerpo de otra manera y a liderar su vida desde un lugar más amoroso y auténtico.
No creo que todas las neurodivergencias sean producto del trauma, ni que el trauma sea la causa única de nuestra diferencia neurológica. Pero sí estoy convencida de que no podemos seguir explorando una sin tener en cuenta la otra.
Este artículo no pretende dar respuestas definitivas, sino abrir preguntas importantes, ofrecer acompañamiento y quizá, despertar en otras la misma intuición que yo tuve hace años y que me sigue guiando hoy: que lo que fuimos atravesando, incluso antes de nacer, deja huellas. Y que honrar esas huellas —con conocimiento, compasión y consciencia— es un acto profundo de reparación.
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Maribel Ariza © 2024. All Rights Reserved
Soy Maribel Ariza, psicóloga especializada en trauma complejo y neurodivergencia en mujeres.
Acompaño a mujeres que llevan años sosteniendo demasiado —pensando, adaptándose, exigiéndose— a comprender cómo funciona realmente su sistema nervioso y a construir una forma más amable de estar consigo mismas.
Mi enfoque es integrativo, profundo y respetuoso con los ritmos del cuerpo. No se trata de encajar en métodos estándar, sino de encontrar una forma de acompañamiento que tenga sentido para ti.
Si algo de lo que has leído aquí ha resonado contigo, puedes escribirme. Estaré encantada de leerte.
